jueves, 29 de mayo de 2014

Inmortales

Pilares erguidos que se imponen al cielo de esta tierra.
La palidez de alabastro ata en un abrazo mortal de una, al oscuro azabache de la otra.
Su existencia desafía la gravitación universal. Pareciera que dicen a los ojos de los no deseados visitantes:
-Corre, ¡oh tú! ¡Seguidor de la miseria y de la desesperación! ¡Aquí no entran tus dioses!
Fieles y extrañas a su propia forma, cada una parece fue construida con piedra de la misma cantera, y mortero de la misma arena, pero ambas de diferente arquitecto.
No existe lugar más sagrado, callado y tan ominoso, como lo es aquel, donde esos pilares aguardan.
Fui una vez ahí, solo y desconsolado. Abatido y derrotado. Triste y decepcionado. Y fue justo ahí, donde encontré algo que no buscaba, pero de igual manera me inspiro saciedad.
Desafiaron a los tiranos de sus tiempos. Aquellas torres de las cuales, las sales del tiempo se nutren todavía, no cedieron ante esos ridículos dueños del mundo. Permanecieron juntas, donde su abrazo mortal las convirtió en inmortales. Su armonioso equilibrio, venció al salvaje clima de esta tierra, o al menos ha salido victorioso hasta ahora.
Pude sentir su historia con solo pasar las yema de los dedos por las juntas y grietas de sus inseparables muros. Sentí, como la gemela de una, deseaba ser más fuerte para sostener a la otra y, que aquella deseaba ser menos una carga a la una.
El suelo se retuerce y gruñe por ver sus ruinas. Pequeñísimos cristales azules contienen las arenas de este lugar, pareciendo que el cielo tuviera un espejo el cual engrandece a los pilares.

Después tomo su otra mano, y las torres caen en un silencioso quebrar de las sabanas de este lugar, permitiendo que la historia de pie a nuevas maravillas en esta tierra.

domingo, 25 de mayo de 2014

Crónica de una pieza esperada

¿Cómo explicar quién soy yo? Pues solo diciéndolo. Soy un piano de cola Yamaha, que vive en la tienda de música más cercana al palacio de Las Bellas Artes. Normalmente así me presento cualquiera que pregunte, y en efecto, hay quien pregunta, pero por lo general la gente me ignora y solo unos pocos se atreven a tocar música en mí.
Podría pensarse que por la ubicación de la tienda y el tipo de piano que soy, tocan en mí a Back, Chopin o a Beethoven, pero es incorrecto si es lo que piensan. La mayoría de las personas son amateurs que apenas saben la escala música y al algunos arpegios. Poco común es se acerquen profesionales interpretes a tocar en mí los maestros antes planteados. Fuera de eso, soy el piano de la tienda, por lo que no me ponen en venta. De igual manera, los dueños actuales no vienen a probar mis a veces polvorientas teclas, y los encargados del lugar se les tiene prohibido probarme, a menos que un cliente lo desee. Toda la situación es un tanto decepcionante para un instrumento musical.
En fin. La historia o crónica, como sea que le ponga el sujeto escriba de estas líneas, es sobre Anastasia Belén Huerta: una contemporánea del arte musical. Ya sea por sus varias Sinfonías escritas y presentadas directamente del borrador, similar a Mozart; ya sea por sus interpretaciones en 15 instrumentos diferentes de música popular y clásica; o ya sea por la dirección de al menos 3 orquestas sinfónicas y filarmónicas, por al menos 2 años cada una de ellas, es un personaje que solo por la radio de la tienda ha podido cautivarme y maravillarme por completo, así como tener un deseo casi bestial (irónico porque no soy ningún tipo de animal) de sentir sus creativas manos en cada Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si de mí ser.
Fue escuchando una de sus presentaciones en el palacio de Las Bellas Artes, cuando entro al lugar una mujer de baja estatura, piel morena y manos delicadas, tanto como el pétalo de una rosa, buscando un piano de cola (ya se pueden imaginar lo que viene a continuación).
El encargado, antes de atender a la mujer, le dijo con murmullos a uno de sus compañeros que, aquella mujer era la tan escuchada y única Anastasia Belén Huerta. Como podrán imaginarse, mi reacción a lo anterior fue de tal magnitud que…esperen un momento, ¿esté sujeto habla sobre las reacciones en un objeto inerte? Que despistado.
El caso es, se acercó Anastasia a mis no limpiados, por cerca de 2 semanas, dientes blancos y negros. Pidió un pequeño trapo y con el mayor esmero posible, evito hacer sonar una sola nota de mis 11 octavas, y limpio cada rastro de polvo en ellas. Abrió la tapa de mi cabeza para poder escuchar unos cuantos Doos, Soles y Sies. Después de probar algunos arpegios, mi cuerpo se encendía como volcán, urgiéndome que tocara un poco de su tanto y diverso conocimiento musical. Deseaba tanto escuchar de forma entera y fluida su experiencia en mí.
Anastasia solicito un banco para sentarse cómodamente a la orilla del mismo, a la usanza de cualquier pianista. Empezó a calentar un poco las manos, abriéndolas y cerrándolas, dando círculos con las muñecas y estirando un poco el cuello. La preparación era algo vital para ella.
Puedo recordar que tenía yo lo duda, si dar o no, mis sonidos en su máxima calidad, esto desde el principio de la pieza, o solo cuando fuese el climax de la misma. Si me escucharía ella como si fuera otro cualquiera, o como el viejo instrumento que su sonido ha envejecido pero no ha amargado. Tenía mucha duda, pero pronto ella se acostumbró a mi sonido y yo a sus delicadas manos.
A veces ella respiraba profundamente, mientras mis notas más graves y tristes dejaban mi cuerpo exhalar. Otras veces yo podía predecir la siguiente nota que fuese a sonar, pero solo en mente, porque sus agiles manos tomaban el timón y me conducían por las fieras, y bellas majestuosidades que su mente maquinaba.
Llego un punto de la pieza en el cual pude escuchar unos gemidos prácticamente inaudibles, que señalaban su ansia por mis voces y por querer llegar al clímax. Podía incluso sentir su fuerte pulso en cada pulso de las partituras imaginarias que traducía su cabeza, que ordenaba a los músculos de sus falangetas se movieran, que me indicaban que voz gesticular.
El clímax estaba por venir. Pasar del final de la entrada al “Concordio Allegreto y Andante” de su bellísima interpretación. Predecía una pequeña escalerilla de graves a cada vez más agudos al esperado momento, pero todo callo. Anastasia, sus dedos y mis voces se enmudecían ante el último La sostenido de mis 11 octavas, en el cual no se hallaba diente mío alguno. Al siguiente instante el encargado que esperaba terminase la pieza, al ver forzado el final, se acercó a Anastasia para avisarle que ya tenían listo su pedido. No ha vuelto a aparecer ella desde ese momento.
Toda la noche quede en vela, había sido estupendo, magnífico e increíble, pero ¿Qué tanto pudo serlo, si hubiese estado en su lugar, aquella, pequeña, humilde y tan importante parte mía?
No busco chivos expiatorios, ¿pero y si me hubieran concebido en el taller un poco más resistente, no habría desaparecido ese único La sostenido, y tendría una aún más impresionante crónica o historia, como sea que el sujeto que escribe la intitule, que contar? ¿Y por qué los encargados no me cuidaron lo suficiente para que ese único concierto, esa rara coincidencia no planeada, trascendiera en las páginas de la historia?
Quien menos culpa tiene es Anastasia, pero ¿cómo pudo olvidar que la última nota de la entrada, primera en el “Concordio Allegreto y Andante”, y única vez que se toca aquella en toda la pieza, no estuviera donde debía estar? Así habría evitado la maravillosa y tremenda experiencia de mi vida estuviese incompleta.
Solo deseo, que otro día, llegue Anastasia, la tecla de La sostenido este en su lugar y terminemos lo inconcluso aquella vez.


Fin

jueves, 17 de abril de 2014

...con otros no esperados sucesos.


¿Qué hay banda? Les traigo hoy un pasaje que en verdad me gusto mucho del libro que ando leyendo, siendo este ni más ni menos que el Quijote de la Mancha. De este pasaje les explicare absolutamente nada.
Si tienen ganas de saber de donde sale y porque este pequeño discurso de Marcela, pues lean el libro, ganenselo a pulso. Lo que si puedo decirles y admitirles, es que dice una muy gran verdad para aquellos que siempre la buscan. Sin más preámbulos, espero lo disfruten, así como yo disfruto leyéndolo.


-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho. -Respondió Marcela- Sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan. Y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de eser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir "Quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo". Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el qeu yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que la tenga, con los hombres¿ Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.


sábado, 12 de abril de 2014

De surtida y para llevar.

¿Qué hay banda? Pues les traigo una compilación de unos borradores de escritos que jamas he publicado y no he mostrado a nadie. Así, espero que los disfruten como yo los disfrute escribiendo. Pues sin más preámbulos, aquí están.

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Una gran urbe, todo parece tan caótico, pero nadie se tropieza con nadie, un desorden muy bien acomodado. Veo a un hombre de traje azul cremotina parado en la esquina. Jamas lo volveré a ver en mi vida. Alguna vez había estado en la misma película, estos truenos que rebotan en mi cabeza, ahora no creo que sea mi imaginación quienes lo causan, son reales. Siguen sonando. Los pulsos en mi cabeza también son verdaderos, lineas indiscretas golpeando a la multitud. Bestiales instrumentos emergen del azul infinito, instrumentos de muerte, instrumentos creados por algún loco fumando un cigarrillo AppleBlack de aquella época, instrumentos subestimados por otros mucho más cuerdos que fumaban AppleBlack. 


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Se había sentado un lugar detrás de mí, me había puesto sumamente nerviosa cuando entro al salón. No me hubiera sentido tan nerviosa y emocionada si él no hubiese llegado tarde y con su profunda voz pidiera permiso de entrar a clases.

Era la segunda vez que inscribía Calculo 2, pero desde que lo vi el cuatrimestre pasado en Álgebra, nunca pude, o mejor dicho, nunca tuve el valor para entablar una pequeña charla. De hecho una vez en aquella clase, llego más temprano que yo, se sentó dos lugares junto al que yo tomaba y pude haberme cambiado de lugar (obvio junto al suyo), pero llego su amigo el güerillo aquel, y se interpuso entre mi y lo que sería un contacto del tercer tipo. Bueno, tal vez exagero con que fuese del otro mundo el chamaco ese, pero muchas veces sentía su mirada cuando terminaba la hora, y yo salía antes que todos para evitarlo, ¿por qué lo hacía? No se porque le huía todo ese tiempo, creo era el hecho de no conocerlo, y mi gran deseo de platicar un rato con él.

¡Okay, okay! Tal vez estoy exagerando, pero ¡como se peina, como viste! Incluso su aroma al estar cerca de él. Siempre de traje, como si fuese a dirigir una empresa al terminar clases.
De acuerdo, sé, son cosas banales, pero el chico es muy intelectual, se nota cuando participamos en clase, y las veces que he chismorreado las conversaciones de él y sus amigos, que aunque no tan formales igual se ven bien portaditos, son a falta de adjetivos, de alta alcurnia. Conversaciones donde hablan sobre la trascendencia de humano, de la mente y la materia, de todas formas como cualquier grupo de hombres terminan con cosas propias de su genero.

En fin, me desvié un tanto, pero regresando a este cuatrimestre y la situación actual, él sentado detrás de mí. Espero no salir "corriendo" como todas la clases de Algebra. Ahora voy a voltearme, lo mirare, me armare de agallas y le hablare.
-¿Qué hay, Salvador cierto?, Tu ibas conmigo el cuatrimestre anterior ¿verdad?
-Si, en Algebra. Eres Erica ¿no? -Respondió y pregunto entre sorprendido y divertido.
-Así es. -Una voz coqueta se me escapo, casi por instinto. Una parte de mí no lo podía creer, se había acordado de mí. -¿Por qué no te sientas aquí a mi lado?

La sorpresa se notaba clara en su cara, tomo su pequeña libreta, su estuche y se sentó junto a mí. Me di cuenta que su rodilla temblaba impaciente, y en su cuello brotaban gotas de sudor, obviamente era el calor de verano y el traje que jamás le había visto sin quitarse el saco.

Yo ya estaba encarrerada. Justo cuando iba a hacer mi jugada pidiéndole su correo para los trabajos de la clase, dio la hora y termino Calculo 2, se despidió rápidamente de mí, y fue el primero de todos en salir. Ese gran muchacho se había desvanecido tan veloz, que cuando salí a del salón para buscarlo, ya no se encontraba en los largos pasillos de la facultad.

Lo bueno, lo volví a ver cada clase de Calculo, e intentaba nuevamente hacer alguna jugada, pero lo malo, cada vez que lo intentaba empezaban el temblor de la rodilla, y el sudor del cuello y ser el primero en salir. Bueno igual no es tan malo, ahora yo se que se siente ser la secreta admiración de alguien.


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No tardo en cerrar la puerta del departamento, ellos solo querían un lugar para resguardarse, pero él no lo permitió. Tomo una varilla y mientras forcejeaban la débil puerta, les permitió por un instante entrar, solo para recibir una tunda y dejarlos en el suelo a los tres, con ayuda de sus hermana, sacaron a los tres chicos inconscientes del edificio, y  al volver a entrar, después de cerrar la puerta con seguro, escucharon gemidos, sonidos guturales y cliqueos. Supieron que estaban perdidos los que estuvieran fuera a esa hora. No había nada que pudieran hacer. Él solo escribió una nota que iniciaba:

Para aquellos que no me entendían...
Para aquellos que creían hacerlo...



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Llego a las 8:00 p.m. Martes. Después de un día lleno de altos y bajo, solo deseaba su cama y su rica almohada.

Aventó la mochila a su silla del escritorio. Se acostó en su cama y se quedo pensando:
"He trabajado y estudiado todo este tiempo, he dedicado mi vida. Pero a pesar de todo mi esfuerzo, no me siento feliz"

Pero él no creía en la felicidad, o al menos eso se repetía cada vez que pensaba eso mismo todos los martes  cuando llegaba a las 8:00 p.m., solo deseando su cama y su rica almohada..
"Tal vez deba buscarla, aunque sea muy difícil encontrarla"

Siempre concluía lo mismo, después continuaba con sus trabajos de investigación de la maestría, cenaba y se iba dormir a no más tardar las 11:30 de la noche. Pero esta noche, esta noche algo difirió de todas las demás que llegaba a las 8:00 p.m., solo deseando su cama y su rica almohada, ésto, siendo martes.

-Tal vez deba buscarla, aunque sea muy difícil encontrarla- Repitió en voz alta.

Se levanto rápidamente. Tomo Su libreta de notas personales, aquella del montón de útiles de la maestría. En ella contenía, con recelo y oculto a simple vista, un pequeño diario que abandono después de zanjar una etapa tosca y dura de la universidad.

Se sentó en el escritorio, encendió la lampara de estudio, alcanzo el sencillo portaminas de la mochila, y empezó a escribir una de las tantas ocurrencias que pasaban por su hemisferio derecho.



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A mi me lo han contado como la Guerra de los Champiñones Gigantes, o al menos eso dice mi niñera Archie 5, programada para cuidarme cuando se van mis papás a la Tropolí, Pero ellos dicen que fue un mal necesario, o que eso le contaron sus abuelos y a ellos su padres, que estábamos rompiendo con todos los límites de nosotros y de ellos.

Ahora es muy difícil distinguir entre unos y otros, y así como con los humanos existió y sigue existiendo religiosos y no religiosos, con las MIAs (Maquinas con Inteligencia Artificial, o llamadas  simplemente como maquinas), están la vertiente que ha ofrecido su vida al servicio de la humanidad y de las propias MIAs, y las que se han exiliado a la luna, donde nadie se mete con ellos y pueden vivir su propia cultura.

Después de la pacificación en la Tierra, según mis profesores de historia, se tuvieron que cambiar muchísimas leyes, la mente de personas y maquinas tuvieron que abrirse a un nuevo tipo de futuro. Tantos años después de la Guerra de los Champiñones Gigantes, existe una crimen, que entre humanos se le dice de "Odio". 
"Crímenes por Alma", mi papá me cuenta que se les ha catalogado en el Diccionario Penal Internacional como: Aquellas violaciones a la vida e integridad de la misma, por considerar a un grupo de entes pensantes, como fuera de la creación o bien considerarlos imperfectos.
La mayoría de estos casos suelen ser asesinatos de un grupo religioso extremista a una MIA, o un loco MIA seguidor de los cuentos Nietzschinianos que mata a un ser humano.


miércoles, 9 de abril de 2014

Preparando el azador.

¿Qué hay banda?

En estos momentos, como he notado que se ha estancado el blog, les preparare una publicación de surtida y para llevar, o mejor dicho, una compilación de algunos de borradores con ideas de cuentos y sueños que escribí al instante de levantarme e incluso un pequeño fragmento de lo que fue un diario personal de hace unos años. Solo deben esperar a que transcriba de la mejor manera posible lo que sea que yo desee publicar. 

Esta mariposa esta aquí porque
no necesita mayor razón para estarlo.
Esta idea viene con la intención de que aquellos escritores amateurs o profesionales, guionistas, poetas, cantantes de bañera, pensadores, filósofos de campo, músicos, cineastas, artistas, grafiteros, reporteros y humanistas, tengan nuevas ideas para sus obras, o ya sea que compongan, añadan, modifiquen, alteren, corten, peguen o tatuen cualquiera de las palabras que les presentare.

Esto lo hago porque muchas de estos textos, las he dejado a un lado, y me sirvieron en su respectivo momento en lo que sea que hayan sido buenos, y ahora quiero compartir todo esto con el deseoso de conocerme o que simplemente desee leer algo dominguero. Si te sirve, excelente, si no, igual de excelente será.

Supondré que no tardare tanto en solo transcribir, eso espero.

Comenten, suscríbanse, mandenme correos y difundan las subcultura rulardillesca por la red.

sábado, 15 de marzo de 2014

No es un cuento

Ahora les traigo otro cuento que escribí para el concurso de cuentacuentos del 2012 de mi facultad, no gane, pero eso no implica que sea malo, en lo personal, yo prefiero el anterior que públique "Busqueda" porque tuve más tiempo y deseo de escribir aquel que este. Aun así, espero lo disfruten y me comenten que tal les parecio.

Se despertó Gabriel por la luz de la mañana que atravesaba las grandes ventanas del cuarto, pero eso no lo decidió a levantarse, hasta que su hija parada junto a su cama lo animo por fin:
-¡Papi, papi! ya levántate, me prometiste que iríamos hoy. -La pequeña empezó a moverlo de lado a lado, mientras el apenas descansado padre se incorporaba al nuevo día.
-No quiero que lleguemos tarde. Aunque sea domingo y hoy no vayas a tu trabajo, no es como para levantarse tan tarde. -El regaño de la niña al padre le sorprendió bastante, jamás creyó que una lección de hace 2 años sobre el valor de las primeras luces del día y, el rendir diario, le hicieran parecer a su hija de 12 años y a su ya difunta esposa casi idénticas.
Ambos se asearon, desayunaron, bajaron los tres pisos del edificio, y se subieron en elFord Fiesta del hombre. Cuando metió la llave en el coche para arrancar, notó algo sumamente raro, era como si la mecanicidad de conducir hoy no lo fuera, apenas sentía saber cambiar las direcciones de la marcha, se esforzó un poco incluso para recordar que tenía que dar reversa, para poder salir primeramente del cajón del estacionamiento. Con unas menores complicaciones, por fin pudo salir del estacionamiento y partir junto a su pequeña hacia el centro de la ciudad.
Como si el tiempo volase, ya se encontraban en el trigésimo octavo piso. No recordaba  el angustiado padre que entre su casa, el centro, encontrar lugar para estacionarse y la caminata hacia el edificio más grande de la ciudad, obtuviese esos tiempos records. De hecho casi no recordaba bien porque calles había cruzado para llegar a La Torre, como le llamaban a ese edificio tan nuevo y gigantesco en ese pequeño rincón olvidado por Dios.
-¡Mira papi! Desde aquí se ve la ciudad entera, y ahí está el río, y el puente, y allá está la casa, aunque no la vea, pero ahí está, ¿verdad papi? -Con mucha alegría, señalo la niña todo el paisaje que se lograba ver en el mirador de La Torre, cada vez con los ojos más abiertos y con grandes suspiros de emoción.
-Sí Daniela, tiene que estar ahí, pero otros edificios la tapan, pero nuestra casa de todas formas sería un puntito, porque se encuentra muy lejos.- Comento también muy contento Gabriel de que ella se encontrara tan emocionada con el lugar.
Volteo el hombre de anchas espaldas a ver si se estaban divirtiendo de la misma manera las demás familias, y cada rostro le pareció familiar aunque no pudo reconocer absolutamente a nadie, momentos después Daniela dio unos pasos atrás como espantada por algo, tanto que toco la pared junto al elevador que los había llevado a tales alturas.
-¿Qué te pasa mi cielo?- Interrogo el fuerte hombre a la niñita.
-Es que te vas a caer papi –Hablo con un aire triste y cabizbaja.
-No hija, yo no me puedo caer, mira –Abrió los brazos hacia el paisaje-. Todo el vidrio hace de pared para evitar cualquier accidente a las personas.
Daniela volteo la mirada a los ojos de Gabriel, y este descubrió unos ojos más azules y mucho más serios de los que había tenido alguna vez su hija.
 -Eso no importa papi, porque el vidrio está roto –El tono de voz de la niña se escucho ahora grave y hasta agresivo.
Gabriel volteo, el vidrio estaba quebrado, casi como si este fuera una telaraña gigantesca y él fuese una mosca para deguste de otro insecto. Volvió la mirada a su hija y un aire lo aventó fuera, rompiendo por completo el cristal del mirador, vio como su hija se volvió una completa sombra mientras él caía desde un edificio más alto de lo que recordaba. El aire podía sentirlo fuertemente en sus oídos, cada segundo se volvió lento, incluso sentía como si cada latido fuera un terrible golpe de martillo en todo su cuerpo, el viento empezó a volverse más denso y cada vez lo sentía menos fuerte, como si su caída fuera alentada por algo, su pesadilla había terminado.
No recordaba que se durmió 2 horas antes en el sillón especial para la piscina, y se despertó gracias a caerse en el agua. En verdad a Gabriel no le agradaba la idea de tener hijos, así que lo sucedido en sueños le pareció aun más improbable de lo normal.
Ya era de noche cuando salió de la piscina, él solo quería un descanso de la ardua semana que tuvo en la oficina. Tomo sus sandalias, una toalla que estaba cerca y entro por la entrada trasera a su casa, una casa “humilde” para un solterón adinerado.
Subiendo las escaleras hacia el 2º piso pudo ver a Jocelyn, una mujer atractiva a los ojos de cualquier varón respetable, luciendo un vestido gris muy provocativo para los ojos del gran hombre.
-Supongo que no estás listo para la reunión de la compañía –Murmuro la dama a Gabriel con tono coqueto, mirándolo solo en traje de baño y con una toalla al hombro.
-Deja me cambio, amor –Tomo a la mujer de la mano y la guio por el pasillo hasta su cuarto, el último de otros 3. Uno servía como salón de estudio, otro era donde se encontraba la mesa de billar, el minibar y otros artilugios más para el vano entretenimiento. Uno más, el más cercano a la escalera se encontraba vacío, solo teniendo su lámpara de techo, una ventana de amplia ala y sus contactos eléctricos. Este último cuarto se encontraba en ese estado por no hallarle función alguna.
Una vez con la ropa adecuada, sugerida por la bella joven, Jocelyn salió por el pasillo, mientras Gabriel se peinaba para finalizar.
-Ya estoy listo para esta noche –Salida del cuarto cuando ella lo abrazo dulcemente y de una forma que jamás había hecho con él, luego le dio un beso muy tierno en los labios. Entonces le susurro:
-Cierra los ojos…
-¿Qué tratas de hacer? –Le cuestiono Gabriel.
-Cierra los ojos… -Volvió a susurrarle pero ahora de forma más confidente, obedeciendo el hombre muy sumisamente-. Ahora encuéntrame.
Ella lo soltó, se escucharon pasos alejándose de él, risas de Jocelyn, y una puerta que se abría y se cerraba. Gabriel abrió los ojos, toda la casa estaba oscura, excepto por las luces que se asomaban por las ranuras de los cuartos en el pasillo.
Se acerco y abrió la puerta del salón de estudio. Una voz burlona se escucho:
-¿Crees que estoy ahí? –No era la voz de Jocelyn la que traían las paredes.
Cerró ahora la puerta del salón de estudio, camino al cuarto donde se encontraba la mesa de billar y escucho su propia voz, aunque no provenía de su boca:
-¿Crees que estas ahí? –Gabriel creyó ser una broma de muy mal gusto por parte de Jocelyn, se había espantado antes, pero ahora empezaba a enfadarse.
Decidió entonces, sin inspeccionar la sala de entretenimiento, ir mejor a la habitación vacía, y cuando apenas toco la perilla de la puerta, la voz de Jocelyn susurraba:
-¿Tú quieres encontrarme? ¿Tú quieres abrazarme? ¿Qué quieres encontrar? –Al escuchar esto, el hombre con mucha valentía giro la perilla, abrió la puerta y en medio de la habitación se encontraba un anciano pequeño, sentado en el suelo sobre sus pies, muy al estilo oriental.
-Ven, siéntate conmigo –Hablo el anciano y él, estupefacto, siguió el consejo. Se sentó en frente del pequeño hombre, que estaba vestido de azul-. Creo que buscabas a alguien, pero yo no soy esa persona.
-No, no lo creo –Gabriel dejo de tener miedo por lo antes sucedido en el pasillo, y también gracias a la gran calma destilada por el viejo.
-¿Dónde estoy? –Pregunto Gabriel.
-Estás en tu casa, no desperdicies este encuentro con cosas que son obvias. La pregunta correcta sería: ¿a quién buscas? –Señalo el pecho de Gabriel-. Porque cuando la encuentres, a esa persona, saldrás de este sueño y podrás darte cuenta de tu realidad.
-Entonces si estoy en un sueño, ¿cómo puedo salir?
-Todos estamos en un sueño, solo esperamos ser despertados por la persona indicada, tú estás en otra parte de tu subconsciente. Pero no te preocupes, yo te ayudare a salir de aquí –El anciano, alzo la mano derecha hacia el techo, inmediatamente la bajo clavándola profundamente en el pecho del gran hombre, retiro la mano y no había sangre o marcas de algún tipo. El anciano solo sostenía una masa incorpórea y amorfa, que al soltarla, se extinguió cual hoja de papel al fuego.
Respirando arduamente Gabriel, sentía como todo se resolvía en su mente.
-Ahora de vuelta a la realidad – La mano izquierda del viejo en la frente de Gabriel hizo que todo brillara como una explosión de energía. De todo ese brillo empezó a distinguir luces rojas y azules, luego empezó a oír sonidos agudos y chillantes.
-Despierta hijo –Escucho una voz grave y ronca-. Estas en problemas –Era un oficial de la policía que lo levantaba del suelo y esposaba contra la pared.
Todo estaba claro: las medicinas en La Torre; el “corto” viaje de regreso; Daniela que había huido por la ventana; la riña con su esposa, Jocelyn; Jocelyn sin vida al fondo de las escaleras.
Había dejado sus medicinas para la esquizofrenia en La Torre… golpe en la cabeza… La Torre... Daniela triste… La Torre… golpe en la cabeza… Daniela corriendo… La Torre… La Torre… La Torre…
                                                           Fin

martes, 25 de febrero de 2014

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Hace un rato que no escribo nada en el blog, así que para no ocupar mucho tiempo en mi agitada agenda, aquí les dejo un cuento que escribí hace ya más de un año. Espero que tomen un rato para leerlo y lo disfruten así como yo lo disfrute al escribirlo y lo disfruto al leerlo.

El Sol, la luna y las estrellas brillaban y pasaban rápidamente en el cielo claro y despejado, como si los días y las noches fueran de solo unos pocos minutos.
Alberto se encontraba parado en medio de las dos aceras, a la entrada de una calle larga sin automóviles que pareciera no acabara, con casas de distintos tamaños y colores.
Él vestía de zapatos y pantalón negro atirantado, camisa blanca y un reloj, cuyas manecillas giraban tan rápido como lo hacía el día y la noche. Hombre corpulento de unos 27 años en apariencia, tez bronceada y una cicatriz larga en el pómulo derecho. Su cabello largo negro y rizado, lo harían pasar por extravagante hombre de negocios si no fuera por la espada que traía consigo en su estuche colgado al cinturón, en el cual descansaba su mano derecha, estando a la espera de algo.
Caminó a lo largo de la infinita calle, casi 70 metros hasta llegar al número 117. Una vez ahí, observo la casa de una sola planta, roja en la fachada, con barrotes en las 2 ventanas y un portón igualmente rojo pero algo oxidado.
Abrió el portón y encontró una sala pequeña con muchos cuadros de fotografías viejas. Había un niño pequeño de unos 8 años recogiendo, acomodando y jugando con varios aviones y tanques a escala.
El niño lo miro un momento y siguió lo suyo diciendo:
-Creo que estas perdido.
-No, no lo estoy –Dijo Alberto quieto mientras el niño jugaba-. Estoy buscando a alguien, Betito.
El niño dejo de hacer lo suyo, lo miro atentamente, con una expresión madura y muy seria.
-Así te decían de niño –Murmuro Betito
-Eso es obvio, niño, pero es irrelevante como me llamaban, tengo que acabar con una parte de mí, para poder luchar correctamente –Alberto, con su siniestra blandió rápidamente la hoja larga, curva y negra, alzándola hacia el pequeño.
-Vas a tratar de matar a un niño –Habló sin sorpresa  Betito.
-Tú no eres un niño, ¡eres una parte de mí!
Alberto rápidamente tomó por el cuello con al niño y lo levanto muy por encima del suelo. Cuando estuvo a punto de cortarle con la espada, el niño sonrió y dijo:
-Por fortuna para ambos… -Betito se deshizo en sombras y apareció ahora encima de un sillón de la sala-. No puedes acabar conmigo, ¡solo mira!
El niño tomo un avión de juguete, le apretó un botón y un pequeñísimo misil salió disparado cual bala de fusil, Alberto simplemente lo desvió con la mano con una velocidad aun mayor que la del proyectil. Este pasó por el portón, cruzo la calle y exploto en medio del cielo.
Hubo un pequeño silencio en la casa roja. Mientras el aire se calmaba, Betito siguió jugando ahora con unos robots y helicópteros. Finalmente hablo diciendo:
-No puedes lastimarme, pero mi influencia en ti ya es cada vez menor. Todo lo que aprendes de chico forja bases muy poderosas que te guían en la vida –Alberto guardo la espada en su estuche, y se sentó en otro de los sillones mientras el infante seguía con su discurso-. Tus padres, tu familia y tus maestros son tu guía y todo tu saber, en ellos confías cualquier cosa, excepto las cosas que te piden no platiques o cuentes a gente rara o extraña. A partir de este punto es cuando empiezan las dudas, que de chico no se te ocurren como trascendentes, porque no estás consciente de tu propia existencia, pero conforme vas creciendo, las dudas sobre tus “héroes”, los adultos, se vuelven intrigas, estas se convierten en miedos, aquellos se transforman en dolor y este desborda en ira.
-Ahora entiendes porque te busco, sin la inocencia, que marca nuestra vida y nuestros miedos, entraríamos directamente al juicio racional, y todo dolor no tendría que existir –Replico Alberto.
-Ridículo –Betito volteo a verlo más fijamente que la anterior ocasión-. La inocencia es algo innato de todo ser viviente. Quitarla de tu vida en el pasado, así como arrancar los aprendizajes que tuviste en esta etapa sería como nunca haber nacido, y morirías inmediatamente. Mi influencia sobre ti se reduce cada día conforme los problemas de “adulto” te abruman, sin embargo, siempre estaré latente en una parte de ti. Es inevitable.
El pequeño regreso la mirada a sus juguetes, y suspiro diciendo:
-Cuando creces eliges enfrentar esos miedos y asumir que los puedes superar o quedarte varado en la locura de tus dudas. Si eliges hacerlo o no, no depende de lo sucedido en tu infancia, sino de lo responsable que seas.
Una sombra paso por el rostro de Alberto.
-Entonces no veo que tú seas a quien yo busco realmente. En todo caso perdí mi tiempo contigo.
-No del todo, mi gran amigo –Betito le mostro una sonrisa angelical y contrastante con las actitudes anteriores-. Eres fuerte, pero lo que llevas contigo no será lo mejor para enfrentar lo buscado –Señalo la espada-. Sigue mi recomendación.
Aun con una sombra en el rostro, se levanto del sillón Alberto, dejo a Betito jugando en la sala de la casa roja, salió por el portón, lo cerró y se encontró nuevamente en la calle larga, ahora oscura, pero que empezaba a amanecer con esa velocidad fuera de lo común.
Decidió seguir caminar en la misma dirección, hacia esa calle sin final. Avanzo ahora largo rato, vio varios amaneceres y anocheceres antes de que por fin se parase, voltease hacia la izquierda y viera esa gran casa blanca: tres pisos, ventanas grandes, lisas y sin barrotes, a diferencia de su anterior visita.
No se decidía a entrar hasta que un hombre ya grande, con canas que no se alcanzaban estas a distinguir mucho, le invito desde de la ventana que pasara a la casa.
Abrió la puerta grande y de madera de la casa. Se encontró con un pequeño pasillo, a sus pies había un lugar para dejar los zapatos para no deteriorar el piso de duela, lo entendió y dejo ahí sus zapatos.
Cruzo el pasillo, había un fusuma, una puerta de papel con un paisaje montañoso en ella, la deslizo a un lado y se encontró en un salón donde en medio de él, parado y firme, se encontraba el viejo que le había dejado acceder.
El hombre viejo con una cicatriz idéntica, y en el mismo sitio que Alberto. Tenía el cabello ya casi plateado por la edad, pero a pesar de esto, se veía vigoroso y atento. Venía vestido sin calcetas, con un pantalón negro, por unos pliegues frontales y traseros lo asemejaban a una larga falda, con una casaca de algodón blanca y gruesa.
-El uniforme de los aikidocas, ¿no es así? –Observo Alberto.
-Eres muy perspicaz –Le sonrió el viejo-. Pero en fin, vamos, te invito a sentarte. Has de estar cansado y…
La punta de la hoja negra y afilada de Alberto voló, y estuvo a punto de rosarle el pecho al viejo, ya que con solo dar un paso del pie izquierdo hacia atrás, girando sobre el eje del derecho, quedo paralelo a la espada, y con un movimiento de manos de rayo, logro tomar a la espada por la empuñadura, dio un largo paso hacia adelante, y ahora la hoja estaba en el cuello de Alberto, amenazante en manos de aquel viejo hombre.
-La violencia sin sentido, no puede vencer a una mente calmada y concentrada. Has atacado sin siquiera tener un argumento, aunque por muchos argumentos que tengas… ¡ah! jamás la violencia es la respuesta –Suspiro enormemente el hombre de cabellos plateados, aparto la espada del cuello del otro y se la entrego.
-Pero eres un aikidoca, el sable es de la enseñanza de kendo –Mientras decía esto, Alberto tomo su espada, la envaino y la dejo cuidadosamente en el suelo a la vez que se sentaban frente a frente en sus propios pies, al estilo oriental y de las artes marciales.
-No eres tan astuto como creí. Porque este yo vestido de esta forma, no quiere decir que no sepa sobre otras disciplinas. Y has olvidado que se lo que tú sabes hacer, en caso contrario, no manejarías un acero como este, tampoco lo habría esquivado, por lo que esta conversación no sucedería.
El viejo cerró los ojos y respiro profundamente una y otra vez, siempre con las manos quietas sobre las rodillas. Alberto lo imito a su vez, siendo sus inhalaciones y exhalaciones igual de rítmicas que las del otro.
-Siempre es agradable descansar el cuerpo y la mente por un momento, ¿no crees? –Rompió el silencio el hombre de cabellos plateados.
-Es muy agradable, no lo niego. Pero no he venido a hacer esto otra vez, estar calmado, cuando ya estas calmado, es una pérdida de tiempo –Dijo esto en voz baja Alberto.
-¿Tener prisa en un mundo donde el tiempo se alarga y se estira una y otra vez? Eso es redundante, y eso amigo mío, es lo que te sucede ahora. Porque tú ya estés en una profunda meditación e interiorización, no significa que estés fuera de todo estrés aquí mismo. Son provechosos estos instantes.
De pronto en las duelas que se encontraban en medio de ellos fueron apareciendo un par de pequeños platos y una copa de té para cada uno, así como un vaso con salsa de soya para ambos.
-Inclusive el hambre que pierdes allá fuera, se refleja con apariciones como estas –Decía el viejo señalando los platos, mientras aparecían 2 rollos de sushi y un pan al vapor para cada uno, con sus respectivos palillos.
Empezaron a comer, remojando cada trozo de sushi en la salsa de soya un par de veces. Lentamente saborearon la comida, continuaron con el té, y al terminar con los panes al vapor, el más joven se levanto hablando por encima del otro.
-No hay necesidad de que te levantes, obviamente no eres a quien busco, si lo fueras me habrías cortado el cuello en cuanto pudiste. Gracias Jorge Alberto.
-Siempre te ha gustado que los menores te llamen por tus dos nombres, ya sean amigos o extraños. Una extraña forma de orgullo, y aún más extraño ya que todos suelen ser menores a ti –Diciendo esto, se levanto de igual manera Jorge Alberto, firme y recto, pero cabizbajo y triste-. No lo sé todo, y estoy consciente de tu determinación por acabar con lo que no te deja continuar, pero creo que hay mejores formas de enfrentar esta cuestión. Solo te puedo decir que la ganancia al derrotar la parte que mas temes, será una trascendencia superior a la humana…
-¡Y eso es lo que quiero! –Interrumpió bruscamente Alberto.
-¡Solo escúchame niño…! –Callo al más joven con una mirada seria y un fuerte golpe al piso con el pie-. Trascenderás, sí. Pero con tu experiencia en esta vida, renunciar a esa parte de ti, solo te transformará interiormente, pero el mundo real se quedará sin tus aportes y sin tus grandes servicios. Puedes cambiar la realidad de las personas que amas, y tu realidad también, pero es aceptando todo lo que eres, esa es la sabiduría que te corresponde tener.
Hubo un momento de silencio, Alberto observaba fijamente la mirada honesta, auténtica y sin prejuicios del viejo, como si hubiese un pozo de experiencias y pensamientos dentro de los ojos de aquel, como si la verdad que decía estuviese escrita en piedra.
Luego se agacho, tomo el estuche y la espada que había en él, y lo amarro detenidamente en su costado derecho. Al realizar el último nudo, noto como todo el cuarto cambiaba de colores y tonalidades, desde pasar por el blanco más claro visto alguna vez, hasta el negro salido del mismo abismo. En las cuatro paredes de la habitación se dibujaban paisajes de todo tipo, desde una playa con un amanecer en camino, hasta los hielos árticos del polo norte.
-Eso significa que has tomado tu decisión, espero.
-No, la decisión la había tomado tiempo atrás, mucho antes de entrar a esa larga calle. Esto solo significa que mi búsqueda casi termina. Ellos no necesitan un héroe para salvarse, ellos no necesitan milagros –Dio la espalda Alberto al hombre viejo, y girando un poco la cabeza siguió-. Si ellos no pueden salvarse a sí mismos, no hay necesidad de que alguien tome esa responsabilidad, inclusive sean los más cercanos. Y sonará egoísta, pero estoy harto de seguir una lucha por los demás, de ahora en adelante lo hare por mi propia persona.
El hombre de cabellos plateados no dijo ya nada. Se volvió a sentar, cerró los ojos, y empezó a respirar tranquilamente, repitiendo unas palabras inaudibles.
-Gracias Jorge Alberto –El más joven deslizo la puerta de papel, siguió el pasillo hasta la entrada de la casa y tomo sus zapatos, cerró, y continuo ahora por la calle oscura, solo iluminada por una luna llena, estática en todo lo alto, y un cielo con estrellas igual al número de arenas que se encuentran en el mar.
-Tenía razón el viejo –Se escucho a sí mismo decir-. El tiempo aquí se alarga y estira una y otra vez.
Así anduvo caminando en medio de la calle. Todavía percibía el sabor de la comida cuando la manecilla grande dio 5 vueltas en su reloj, y la luna seguía igual de alta desde su visita a la anterior morada. Cada una de las casas que ahora veía de un lado y de otro de la acera, se veían iguales por la luz del cielo nocturno, aunque cada una era tan diferente como la anterior.
“¿Por qué lucho?” Se preguntaba a sí mismo una y otra vez, después de esos dos encuentros surgían las dudas. El niño y el viejo hablaban con demasiado sentido, cada uno a su manera había sido hasta ahora importante en su vida, ¿por qué tendrían que ser prescindibles aquellos sentimientos y sensaciones, si eran parte de su historia personal? Si todas esas cosas, esas guerras y batallas, eran lo que habían finalmente forjado al actual Alberto.
Paro su caminata y admiro la luna por un momento. Idéntica siempre, incluso en este mundo interior jamás cambiaba, jamás daba otra cara, jamás lloraba o se reía, pero cumplía siempre fielmente con su función: iluminar eternamente en la noche. Sentía Alberto que hallaba un parecido con el astro y consigo mismo, solo que él si poseía corazón y sensaciones.
-Inmortal –Susurro al viento-. Incapaz de morir. Enterrar a los amigos, pero jamás ser enterrado por uno –Una pequeña lagrima rodo por su cicatriz-. Ni siquiera saltar al abismo ha servido.
Siguió por la calle. De pronto, una sombra que iba en dirección opuesta a la de Alberto empezó a acercarse y soltó un grito no muy amistoso.
-¡Te has tardado mucho, creía que habías dejado toda esta empresa y habías aceptado lo que en verdad eres!
Se acerco la sombra más y más, mientras un sonido titilante la acompañaba, hasta que Alberto distinguió completamente al individuo que estaba a unos 5 pasos de distancia.
-¿Beto…? –Murmuro Alberto.
-Para fines prácticos, llámame Jorge –Una sonrisa burlona paso por la cara del individuo-. Sé que al mocoso y al anciano, ya los has visitado, y no me llamaras como a ti se te antoje, o como a ti te gustaría que te llamaran en cierta época.
-Suenas irritado –Señalo Alberto.
Caminando de un lado a otro, haciendo sonar unas llaves que traía consigo, Jorge continuo diciendo:
-¿Irritado? Y como no iba a estarlo, ¡si quieres hacerme desaparecer! –Señalo furiosamente su pecho con una mano y a Alberto con la otra. Este gestom fue con tal intensidad que alcanzo a despeinarse un mechón del corto y perfectamente peinado cabello.
Se volvió a peinar para recuperar la perfección de su cepillado y le dio la espalda a Alberto. Empezó a jugar con las llaves, semejantes a las de los calabozos de la edad media, se volvió para quedar en frente del otro una vez más y espero a que hablara Alberto.
-Tengo que hacerlo, no importa si me arrepintiese en este momento de estar en esta situación, porque de todas formas regresaría a cumplir mi decisión –Hablo con voz firme y grave.
-Pues te deseo mucha suerte… -De repente las llaves con las que jugaba se volvieron de dimensiones semejantes a un brazo y medio de largo.
Alberto solo cerró los ojos para parpadear una vez, desenvaino su acero negro, y en cuanto los volvió a abrir, solo la sonrisa burlona del individuo quedo en su mente, pero Jorge ya no se encontraba ahí.
Escucho un ruido como la punta de un látigo agitándose, y un centello en el cielo que alcanzo a ver. Ese centelleo le recordó el disparo que hizo partir a su esposa, hace más de medio siglo.
“Me encontraba en el patio delantero de la casa, junto a ella podamos los lindos arbustos que teníamos, cuando un hombre alto salió de la nada con revolver en mano, el primer tiro le alcanzo a ella, el segundo me dio en el hombro izquierdo, el tercero me dio en el rostro. Fue cuando me di cuenta: mi longevidad sería aún mayor al no caer después de eso. Para el cuarto disparo, ya le había respondido con una daga que siempre guardaba en el cinturón, un automóvil acelero, y mi historia en ese lugar, que llame alguna vez mi hogar, termino.”
Regreso a la “realidad”. Justo a tiempo reparo en dar un salto atrás, como si un rayo hubiese caído, se ilumino la calle en el lugar donde se encontraba, y la enorme llave yacía clavada en el pavimento, pero la llave, que antes se veía oxidada, ahora guardaba un brillo dorado sin igual, y ahora tenía una empuñadura bellamente decorada. Segundos después una mano la tomo y la arranco del suelo, era Jorge que ahora traía en ambas manos blandiendo la llaves. Estas se veían tan amenazantes en él, como la espada que sujetaba a ambas manos Alberto.
Los ojos del delgado individuo ahora ardían en furia y se perdían en lo eterno de su ser.
-Eres muy joven para tener ese tipo de rabietas, mi amigo- Alberto dio varios golpes a los costados del otro, y sin que se inmutara, Jorge se dejo golpear.
-¡Ja, ja, ja! –Una risa pesada y cruel hicieron que la sorpresa en Alberto incrementara y dudara retrocediendo unos pasos –Tu poder, tu concentración, tu fuerza y espíritu, dependen completamente de mí.
A Jorge le brillaron aún más los ojos y cruzo las llaves hacia Alberto, así una bocanada de llamas salieron de estas, este ultimo las esquivo con un salto habilidoso hacia un lado, y tuvo que hacerlo nuevamente por otro ataque devastador, alcanzando una de las casas y envolviéndola completamente en un mar rojo.
En el momento que se incorporo para volver a atacar, una ardiente sensación recorrió la espalda de Alberto desde su hombro izquierdo hasta su pierna derecha, e inmediatamente después le pareció una de las llaves le atravesaba el pecho por detrás.
En sus pensamientos él se decía:
“Ojala, ojala fuera realidad. Aunque duele… duele mucho, más que dolor “físico”, un dolor de espíritu… de impotencia… de derrota…”
-¿Esto se acabo? –Cuestiono Alberto lentamente, aún con la llave en su pecho.
-Ya, ya acabo –Diciendo esto, el otro le arranco esa llave y lo vio caer de rodillas al suelo al ensangrentado hombre-. La ira es una poderosa arma en manos correctas, solo superada por otros sentimientos como la piedad y el amor –Mientras decía esto, las llaves regresaban a su antiguo estado.
Sus pensamientos continuaban:
“¿Piedad?, ¿Cuántas veces no deje ir a muchos que eran inocentes en esas guerras? Dejarlos ir por simple respeto a la vida. ¿Amor? Cuantas veces no protegía a esas naciones por amor a la patria, a las cuales en su turno pertenecí; amor por cada uno de ellos, amigos, hijos, y solo una mujer a la que he amado auténticamente.”
Soberbio, con lágrimas y mucho dolor en el rostro, miro atentamente al dueño de las poderosas llaves.
-Me estás diciendo… -Alberto aun no soltaba la espada de su mano izquierda-. …que esto es piedad –Apenas podía respirar.
-No, no lo es. Es amor lo que te entrego, lo que tu deseas: amor, deseo, alegría, tristeza, cólera, soledad, compañía… todos los sentimientos que hacen de la vida no sea un lugar gris y aburrido –Calló Jorge observando la hoja negra aún apretada fuertemente de la empuñadura por el otro-. Déjala ir, tu lucha se acabo. Acéptame, acéptate… -Vio que Alberto dirigía la mirada a otra parte. En el tejado de una de las casas estaban el niño y el viejo. Regreso la mirada al herido hombre-. ¡Acéptanos!- El grito hizo retumbar la tierra y romper los vidrios de las casas.
“De todo eso y aquello de lo cual he sido testigo, artífice y víctima, ya no quiero vivir de esa forma, siempre he negado lo que soy, y ahora en este mundo se presenta el autentico modo de cambiar… solo he aprendido una cosa que es definitiva…”
Cuando todo se calmo Alberto con mucho esfuerzo respondió:
-Correcto… está bien… tu ganas… -La espada en su mano se deshizo como arena entre los dedos.
-Lo ves, no es tan difícil, después de todo siempre hemos estado aquí para contigo. Ven, te ayudo a levantar… te… -En cuanto le alcanzo una mano a Alberto, sintió un enorme escalofrío recorriendo desde lo más profundo de su corazón hasta la punta de pies y manos.
Una espada gris, traslucida y muy delgada era sostenida por la diestra de Alberto, atravesando completamente a Jorge.
-No te acepte, solo me di cuenta que… no te vencería la “violencia”, esa… como arma fue siempre una mala elección… sin embargo…  solo he aprendido una cosa, desde que tengo consciencia… generación tras generación… la inteligencia, fría como el hielo, doma y domina los corazones de los hombres, y los hace sus esclavos.
Jorge dando un último suspiro, se materializo como hielo y se quebró en cientos de pedazos. Así, el niño y el viejo también desaparecieron como humo llevado por el viento.
La herida de Alberto sano casi de inmediato, todo se empezó a desmoronar, la luna empezó a moverse rápidamente.

Él se levanto y los días empezaron a acelerarse aun más, solo se veían los amaneceres y atardeceres ahora como flashes en el cielo. La tierra debajo de él empezó a perder forma y se encontró caminando en medio de luces y colores de todo tipo. Se encontró caminando en la eternidad del espacio y el tiempo.